A pocas semanas de volver oficialmente a la NBA, Jordan ya había convertido una pretemporada normalmente olvidable en un acontecimiento. Con 38 años y más de tres temporadas fuera de la liga, cada partido servía para medir cuánto quedaba del jugador de Chicago. La respuesta inicial fue suficiente para bajar bastante el volumen de las dudas.

La nota original reunía opiniones de entrenadores como Pat Riley, Phil Jackson y Doug Collins. El punto común era menos espectacular que los titulares: Jordan ya no necesitaba ser el mismo atleta de 1998 para seguir condicionando un partido. Su lectura del juego, la técnica y la capacidad de atraer defensas seguían ahí.

También estaba la otra mitad de la historia. Washington era un equipo joven y limitado, y Collins insistía en que el regreso no podía reducirse a esperar que un jugador de 38 años resolviera todo. Una observación razonable. No siempre fue obedecida.

La expectativa llegó incluso fuera de la cancha: el debut de temporada regular ante los Knicks convirtió al Madison Square Garden en uno de los eventos deportivos más buscados de esos días.